Fotografías: Anna Díaz 

El 8 de marzo del 2020 quedará registrado en las historia del México moderno como el día en el que las mujeres salieron a las calles a gritar por las que ya no están.

Las autoridades de la Ciudad de México contabilizaron a más de 8 mil mujeres participando en la marcha convocada por el Día Internacional de la Mujer; pero movimientos feministas aseguran que eran muchas más y que durante el trayecto se fueron sumando más, por lo que no se puede revelar un dato exacto.

Lo que sí se puede contar es el dolor de las madres que caminaron con las fotos de sus hijas; algunas aún en calidad de desaparecida y otras que fueron asesinadas y que forman parte de la estadística de feminicidios que algunos sectores tratan de minimizar.

También debemos hablar de las mujeres que enfrentaron a las infiltradas; aquellas que buscaron que los medios de comunicación se enfocaran en los destrozos y no en el dolor de las víctimas y el clamor de justicia.

 

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En las calles resonaban las batallas de cada una de las asistentes.

El Antimonumenta se convirtió en el espacio en donde mujeres denunciaron que el sistema está por entregarle a sus hijos al hombre que la golpeaba solo porque él es el padre.

Otra participante compartió cómo las autoridades y la sociedad la señaló por denunciar que había sido abusada sexualmente cuando regresaba a casa de una fiesta.

Así, una tras otra utilizó el micrófono para contarle a sus hermanas el dolor que han vivido y que están ahí para exigir justicia.

 

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Nadie fue más ni menos que la otra

En Bucareli y Reforma, en la conocida “Esquina de la información”, dos grupos de mujeres se encontraron, una de las integrantes se acercó al otro grupo para pedir informes sobre los contingentes a lo que le respondieron que no tenían pero que si querían podían ir todas juntas. Sin pensarlo se unieron los dos grupos y avanzaron alzando sus carteles y con latiendo por las que hoy ya no están.

En otro punto de la marcha, una mujer de la tercera edad acompañó a sus nietas, todas vestidas con una blusa morada. En el camino varias mujeres se acercaron para abrazarla y muchas de ellas le pedían que fuera su abuelita, a lo que ella sonriente les decía: “claro, todas ustedes son mis nietas”.

Aunque las calles y los monumentos se vieron violentados, la gran mayoría gritaba “sin violencia”, y en algunos casos, fueron las mismas mujeres las que entregaron a las autoridades a las que estaban realizando destrozos y lanzando bombas.